Había llegado de visita por un par de meses a la casa de mí hija, ella vivía a solas afuera de la ciudad en un pueblo muy concurrido por los citadinos para pasar tiempo fuera del estrés de la ciudad. Mi hija muy amablemente me había alojado sin saber mis oscuras perversiones que durante todo el tiempo que no la había visto yo había cultivado. Ya habían pasado tres semanas y me estaba aburriendo de no ver y estar con una mujer, yo había enviudado pero eso no quería decir que no tenga deseos de follarme a una mujer. Mirando una revista porno me encontró mi hija la cual no me permitió ni siquiera darme tiempo para acomodar mi polla erecta. Fue inútil querer taparme pero al contrario mi hija se sonrojo y no podía creer el gran paquete que su padre tenía entre las piernas. Ella puso el culo sobre mí y yo recompense poniéndola como perro y dándole todo mi pedazo de carne sobre su pequeño y tierno coño, así la tome por un buen rato sobre mi cama, luego se sentó y ella era misma quien no dejaba de moverse, era un placer total, ver como mi hija y yo follábamos juntos, pero no podía dejar pasar el gran buen rato para cumplir otra gran fantasía que es correrme sobre sus pantaletas. Al final, por su buen desempeño y para que no hayan rencores le di su buena propina como solía hacer cuando ella era niña.

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