Mi padre siempre estuvo pendiente de mi desarrollo físico, a él le gustaba tocar mis senos, yo era aun una niña pero ya sentía el deseo de tener su boca lamiendo mis pechos. Así pasó el tiempo y ese placer de mi padre de tocarme y frotarme con sus manos fue aumentando hasta el límite de hoy en día. El se convirtió en un masoquista y yo en su principal cuadro de atención. Su placer era eso, hacerme sentir dolor sobre las tetas y la verdad es que a mí siempre me gustaba, desde cuando tenía las tetas más pequeñas hasta ahora que ya se me terminaron de desarrollar, él y su enfermizo fetiche por amarrar las tetas y yo siendo su fiel sumisa. Son momentos realmente algo perturbadores para quienes recién entran o nunca vieron algo de este mundo, pero para quienes ya comparten el placer saben de lo que hablo.

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